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–Buenos segadores, si no decís al Rey que el prado que estáis segando es
del Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
Por cierto que el Rey preguntó a los segadores de quién era ese prado
que estaban segando.
–Es del señor Marqués de Carabás –dijeron a una sola voz, puesto que la
amenaza del gato los había asustado.
–Tenéis aquí una hermosa heredad –dijo el Rey al Marqués de Carabás.
–Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia
cada año.
El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que
cosechaban y les dijo:
–Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos
pertenecen al Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.
El Rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los
campos que veía.
–Son del señor Marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el Rey
nuevamente se alegró con el Marqués.
El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos
cuantos encontraba; y el Rey estaba muy asombrado con las riquezas del
señor Marqués de Carabás.
El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era
un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras
por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.
El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era este
ogro y de lo que sabía hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había
querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la
reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo
un ogro y lo invitó a descansar.
–Me han asegurado –dijo el gato– que vos tenías el don de convertiros en
cualquier clase de animal; que podíais, por ejemplo, transformaros en
león, en elefante.
–Es cierto –respondió el ogro con brusquedad– y para demostrarlo veréis
cómo me convierto en león.
El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un
santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las
botas que nada servían para andar por las tejas.
Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma
primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.
–Además me han asegurado –dijo el gato– pero no puedo creerlo, que vos
también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo;
por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os
confieso que eso me parece imposible.
–¿Imposible? –repuso el ogro– ya veréis–; y al mismo tiempo se
transformó en una rata que se puso a correr por el piso.
Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.
Entretanto, el Rey, que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso
entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente
levadizo, corrió adelante y le dijo al Rey:
–Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor Marqués de
Carabás.
–¡Cómo, señor Marqués –exclamó el rey– este castillo también os
pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que
lo rodean; veamos el interior, por favor.
El Marqués ofreció la mano a la joven Princesa y, siguiendo al Rey que
iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica
colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían
a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar,
sabiendo que el Rey estaba allí.
El Rey, encantado con las buenas cualidades del señor Marqués de
Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor viendo los
valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o
seis copas:
–Sólo dependerá de vos, señor Marqués, que seáis mi yerno.
El Marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia
el Rey; y ese mismo día se casó con la Princesa. El gato se convirtió en
gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse. Nunca se
separó de su amo, y algunas veces le decía con tono grato:
–Ya véis como el ingenio y la industria valen más que todas las
herencias.
Aquel gato era un gran filósofo. |