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Entonces, un poco asustado, comenzó a remover la
tierra, buscando sus cinco monedas; no las halló tampoco. Y en esto
estaba, cuando de pronto sintió, desde lo alto de un árbol, una
estridente carcajada. Levantó los ojos y vio que, sentado en la rama de
un árbol, un papagayo de brillantes colores lo miraba burlonamente y se
reía a más y mejor.
–¿Por qué te ríes? –preguntó Pinocho, que se sentía
muy afligido.
–Me río de los tontos –dijo el papagayo– que creen
que sembrando centavos brotarán árboles de monedas.
–¿Y acaso no es eso verdad? –preguntó Pinocho.
–Mira –respondió el papagayo–, la única verdad es que
tú siembras las monedas, y cuando te vas, vienen dos pillos y te las
roban. Eso se llama engañar a los bobos.
Pinocho lo comprendió todo al fin; lloró
desconsoladamente, y como siempre cuando se sentía desdichado, pensó en
su padre y deseó volver a su lado. Emprendió, pues, el camino de regreso
a su hogar, y poco más adelante, tuvo la feliz sorpresa de sentir a su
lado al buen Juan Grillo, que no lo abandonaba nunca en los momentos
difíciles. Llevaban ya mucho tiempo de andar por el sendero que conducía
a su casa, cuando sintieron de pronto un alegre tintineo de campanillas.
Pinocho se volvió, y vio venir hacia él un enorme coche, algo así como
una diligencia, tirada por burros y cargada de niños que reían y
charlaban.
Se detuvo Pinocho, y cuando estuvieron junto a él, el
cochero le invitó a subir.
–¿Adónde van? –preguntó Pinocho.
–Vamos al País de los Juguetes –respondió el nombre,
que tenía cara de pocos amigos–. Allá los niños se pasan el día jugando,
sin pensar en ir a la escuela, ni hacer los deberes. ¿Quieres venir con
nosotros?
Pinocho, sin pensarlo más, aceptó; y a pesar del mal
aspecto del cochero, subió al coche y partió con la alegre caravana.
Tras él subió también Juan Grillo, el fiel amigo que lo seguía en sus
aventuras.
Después de mucho andar, llegaron por fin al delicioso
País de los Juguetes. Bajaron todos los niños del coche y fueron
acomodándose en las casitas que se levantaban en el país. ¡Se sentían
todos tan felices! Era una alegría no acordarse de maestros, ni de
escuelas, ni deberes, ni de todas esas cosas tan aburridas. Y en cuanto
a Pinocho, por supuesto, ya ni se acordaba de su papá. Siempre le
sucedía lo mismo cuando se sentía feliz.
Entre todos aquellos niños de carne y hueso, encontró
nuestro muñeco un amigo, con quien jugaba y paseaba los días enteros. Y
ocurrió que un día en que Pinocho fue a buscarle a su casa, su amigo se
negó a salir. Pinocho no volvía de su asombro. El niño tenía puesto el
sombrero, pero no quería acompañarlo. Tanto insistió Pinocho, que al
cabo su compañero, con la cara enrojecida de vergüenza, le confesó la
verdad: quitóse el gorro, y Pinocho, con los ojos abiertos como platos,
vio que a su amigo le habían crecido las orejas como las de un burro.
Asustado, quiso echar a correr, pero no tenía fuerzas. Y de pronto,
aumentó su temor: pensó que también a él podía pasarle lo mismo. Se
acercó temblando a un espejo, y rojo de vergüenza, vio allí reflejado su
rostro con dos enormes orejas puntiagudas. y no era eso solo; había algo
peor todavía. Además de las orejas de burro, una larga cola salía por
los pantalones de los dos niños. ¡Cómo lloró Pinocho! ¡Y cómo suplicó a
Juan Grillo, el fiel amigo, que lo sacara de allí! Quería volver junto a
su padre, ir a la escuela, y no ser nunca un burro de feas orejas. Juan
Grillo, le ayudó como siempre, y un día feliz huyeron los dos de aquel
país en busca de Gepetto.
Después de muchos días de viaje, llegaron por fin a
la linda casita del buen viejo. Pinocho Bailaba de contento, y el
corazón le saltaba alegremente en el pecho, tanta era su emoción. Pero
no habían terminado sus desdichas. En lugar de Gepetto, hallaron allí
una carta suya explicando que había salido al mar en busca de Pinocho, y
que lo había devorado una ballena. Otra vez corrieron abundantes
lágrimas por las mejillas de madera de Pinocho, y otra vez rogó a Juan
Grillo que lo acompañara a buscar a su papá.
Se fueron, pues, caminando hasta la orilla del mar, y
allí tomaron una pequeña barca. Las olas los sacudían a veces con
fuerza, pero Pinocho sólo pensaba ahora en su padre y no sentía temor
alguno. De pronto, allá muy lejos, vieron en medio del mar una forma
oscura que parecía una isla.
–¡Mira, Grillo! –gritó Pinocho– ¡Esa es la ballena!
Así era, en efecto. Se acercaron lentamente, y cuando
llegaron pudieron ver con gran alegría que la ballena estaba
profundamente dormida y con la boca abierta. Aquella enorme boca parecía
una verdadera cueva; Pinocho, decidido, saltó de la barca y se metió por
ella. Juan Grillo le siguió.
Empezaron así a recorrer el largo túnel del interior
de la ballena, que cada vez se hacía más oscuro. Pinocho tocaba las
paredes para guiarse, y llamaba a su papá. Pero nadie le contestaba. Por
fin, de pronto, lanzó un grito de alegría. Había visto una pequeña
lucecita.
–Grillo, aquella lámpara debe ser la de papá –dijo.
Así era. Gepetto, sentado frente a una mesa, escribía
a la luz de la lámpara. Pinocho se lanzó corriendo hacia él y le tendió
los brazos. ¡Con cuánta emoción lo abrazó Gepetto, y cómo lloraron los
dos con alegría al verse! Pero no había que perder tiempo. Era preciso
salir antes que la ballena despertase. Con muchas precauciones salieron
los tres por donde habían entrado y volvieron a la barca. La enorme
ballena siguió durmiendo tranquilamente.
Cuando por fin estuvieron otra vez reunidos en la
tranquila casita, Pinocho contó a su padre todo cuanto le había sucedido
desde que se separara de él, y le suplicó que lo perdonara. Gepetto
quería tanto a su muñeco, que no le costó ningún trabajo perdonarlo,
sobre todo porque advirtió que Pinocho estaba sinceramente afligido por
todo lo que había hecho. –No me iré nunca de tu lado, papá querido–
aseguraba el muñeco– y te prometo que voy a ir a la escuela.
Y así estaban, felices y contentos, cuando otra vez
como en la noche que nació Pinocho, iluminó la salita una viva luz azul,
y apareció el Hada. Se acercó suavemente, y dijo:
–Pinocho, a pesar de ser muy travieso, tienes buenos
sentimientos. Quieres mucho a tu padre, y estás muy arrepentido de
haberlo afligido tanto. Estoy segura de que poco a poco te irás
corrigiendo. Y para premiarte por todo el cariño que sientes por tu buen
papá, he de convertirte en un niño verdadero de carne y hueso; y espero
que llegarás a ser un hombre de provecho.
Al decir esto, lo tocó con su varita mágica, y
desapareció. De este modo, el simpático muñeco de madera, el de la larga
nariz, quedó convertido en un niño verdadero. Y fue un hijo excelente
para Gepetto. |