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LAS TRES MANZANAS

Publius Ovidius Naso (Ovid)
Traducción: Orly Borges

El viejo manzano estaba en el huerto junto a los otros árboles...

 
 
 

El viejo manzano estaba en el huerto junto a los otros árboles, y durante todo el verano había extendido sus ramas para atrapar la lluvia y el sol para que sus manzanas crecieran redondas y maduras. Ahora era el otoño, y en el viejo manzano había tres fantásticas manzanas tan doradas como el oro y más grandes que las otras manzanas de todo el huerto. El manzano estiró todo lo que pudo la rama de la cual colgaban las tres manzanas doradas y las dejó colgando del muro del huerto. Allí estaban las tres grandes manzanas, esperando a que alguien las recogiera y, mientras el viento soplaba a través de las hojas, el manzano parecía cantar:

"Aquí en el huerto las manzanas son tres,
Si comes una, un tesoro podrás ver."


Y una mañana venía Geraldo por el sendero que pasaba al lado del muro del huerto. Miró con nostalgia las tres manzanas doradas deseando tener al menos una. En ese momento, el viento volvió a cantar su canción de nuevo entre las hojas del manzano y ¡plum! sobre el suelo y justo a los pies de Geraldo, cayó una de las tres manzanas doradas.

La recogió y le dio vueltas y vueltas en sus manos. ¡Qué dulce olor, y qué suave y jugosa se veía! Geraldo no pensaba en otra cosa más que deleitarse comiendo esa exquisita manzana madura. Se la puso en la boca y le dio un gran mordisco, lurgo otro y otro. En segundos ya no quedaba nada de la manzana salvo el centro que Geraldo arrojó a un costado. Pasó la lengua por sus labios y siguió su camino, pero el viento siguió cantando entre las hojas de los manzanos, esta vez con tono melancólico:

"Aquí en el huerto las manzanas son dos,
Pero se ha ido el tesoro que para ti cayó".


Al cabo de un rato, Hilda venía por el sendero que pasaba al lado del muro del huerto. Levantó su mirada hacia las dos hermosas manzanas doradas que colgaban de la rama del viejo manzano y pudo escuchar que el viento le susurraba:

"Aquí en el huerto son dos las manzanas,
Y un tesoro contienen para una niña como tú".


Entonces el viento sopló más fuerte y ¡plum! una manzana cayó sobre el sendero, justo frente a Hilda.

La recogió con alegría. Nunca había visto una manzana tan grande y dorada como aquella. La sostuvo con cuidado entre sus manos y pensó qué pena sería comerla porque entonces desaparecería.

"Voy a mantener esta manzana dorada para siempre", dijo Hilda, y la envolvió en el pañuelo limpio que tenía en el bolsillo. Luego Hilda se fue a su casa, guardó en un cajón la manzana dorada que el viejo manzano le había regalado y cerró herméticamente el cajón. La manzana quedó adentro, en plena oscuridad y totalmente envuelta, durante muchos días, hasta que se pudrió. Y cuando Hilda volvió a pasar por el sendero del huerto, nuevamente el viento del manzano le cantó:

"Sólo una manzana donde antes había dos,
Se ha ido el tesoro que te había regalado".


Por último, Rodolfo pasó por el sendero una hermosa mañana de otoño cuando el sol brillaba cálidamente y no había viento. Allí, colgada de la pared del huerto, vio sólo una manzana grande y dorada que le pareció la más hermosa que había visto. Mientras estaba de pie mirándola, el viento en el manzano le cantaba:

"Redonda y dorada sobre el manzano,
Un tesoro maravilloso, colgando, ¡míralo!"


Entonces el viento sopló más fuerte, y la última de las tres manzanas doradas cayó en las manos expectantes de Rodolfo.

La sostuvo un largo rato y la observó como lo habían hecho Geraldo e Hilda, pensando en lo bueno que sería comerla, y en lo bonito que sería mirarla si él decidiera conservarla. Pero entonces decidió no hacer ninguna de las dos cosas. Sacó su navaja del bolsillo y cortó la manzana dorada por la mitad, exactamente entre la flor y el tallo.

¡Oh, la sorpresa que le esperaba a Rodolfo en el interior de la manzana! Había una estrella, y en cada punta de la estrella había una pequeña semilla de color negro. Rudolph sacó cuidadosamente todas las semillas y se subió a la pared del huerto, sosteniéndolas en su mano. La tierra del huerto todavía estaba blanda pues la nieve aún no había caido. Rodolfo hizo agujeros en la tierra y en cada hoyo dejó caer una semilla de manzana. Luego cubrió las semillas y volvió a trepar el muro para comer su manzana, y luego seguir su camino.

Pero mientras Rodolfo se iba por el sendero, el viento del huerto lo seguía, cantándole desde cada árbol y arbusto del huerto:

"Semilla plantada, tesoro ganado.
El esfuerzo de la manzana se ha logrado."

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