|
Al fin llegó al fondo, y
se halló bruscamente ante una víbora, una culebra verde de lomo color
ladrillo, que la miraba enroscada y presta a lanzarse sobre ella. En verdad, aquella caverna era el hueco de un árbol que habían
trasplantado hacia tiempo, y que la culebra había elegido de guarida. Las culebras comen abejas, que les gustan mucho. Por eso la abejita,
al encontrarse ante su enemiga, murmuró cerrando los ojos:
– ¡Adiós mi vida! Esta es la última hora que yo veo la luz.
Pero con gran sorpresa suya, la culebra no solamente no la devoró
sino que le dijo: –¿qué tal, abejita? No has de ser muy trabajadora para
estar aquí a estas horas.
– Es cierto – murmuró la abeja –. No trabajo, y yo tengo la culpa.
– Siendo así – agregó la culebra, burlona –, voy a quitar del mundo a un
mal bicho como tú. Te voy a comer, abeja.
La abeja, temblando, exclamó entonces:
– ¡No es justo eso, no es
justo! No es justo que usted me coma porque es más fuerte que yo. Los
hombres saben lo que es justicia.
– ¡Ah, ah! – exclamó la culebra, enroscándose ligero –. ¿Tú crees que
los hombres que les quitan la miel a ustedes son más justos, grandísima
tonta?
– No, no es por eso que nos quitan la miel –respondió la abeja.
– ¿Y por qué, entonces?
– Porque son más inteligentes.
Así dijo la abejita. Pero la culebra se echó a reír, exclamando:
– ¡Bueno! Con justicia o sin ella, te voy a comer, apróntate.
Y se echó atrás, para lanzarse sobre la abeja. Pero ésta exclamó:
– Usted hace eso porque es menos inteligente que yo.
– ¿Yo menos inteligente que tú, mocosa? –se rió la culebra.
– Así es –afirmó la abeja.
– Pues bien – dijo la culebra –, vamos a verlo. Vamos a hacer dos
pruebas. La que haga la prueba más rara, ésa gana. Si gano yo, te como.
– ¿Y si gano yo? –preguntó la abejita.
– Si ganas tú – repuso su enemiga –, tienes el derecho de pasar la noche
aquí, hasta que sea de día. ¿Te conviene?
– Aceptado – contestó la abeja.
La culebra se echó a reír de nuevo, porque se le había ocurrido una
cosa que jamás podría hacer una abeja. Y he aquí lo que hizo:
Salió un instante afuera, tan velozmente que la abeja no tuvo tiempo
de nada. Y volvió trayendo una cápsula de semillas de eucalipto, de un
eucalipto que estaba al lado de la colmena y que le daba sombra. Los muchachos hacen bailar como trompos esas cápsulas, y les llaman
trompitos de eucalipto.
–Esto es lo que voy a hacer
–dijo la culebra–. ¡Fíjate bien,
atención!
Y arrollando vivamente la cola alrededor del trompito como un piolín
la desenvolvió a toda velocidad, con tanta rapidez que el trompito quedó
bailando y zumbando como un loco.
La culebra se reía, y con mucha razón, porque jamás una abeja ha
hecho ni podrá hacer bailar a un trompito. Pero cuando el trompito, que
se había quedado dormido zumbando, como les pasa a los trompos de
naranjo, cayó por fin al suelo, la abeja dijo:
– Esa prueba es muy linda, y yo nunca podré hacer eso.
– Entonces, te como – exclamó la culebra.
– ¡Un momento! Yo no puedo hacer eso: pero hago una cosa que nadie
hace.
– ¿Qué es eso?
– Desaparecer.
– ¿Cómo? –exclamó la culebra, dando un salto de sorpresa–.
¿Desaparecer sin salir de aquí?
– Sin salir de aquí.
– ¿Y sin esconderte en la tierra?
– Sin esconderme en la tierra.
– Pues bien, ¡hazlo! Y si no lo haces, te como en seguida – dijo la
culebra.
El caso es que mientras el trompito bailaba, la abeja había tenido
tiempo de examinar la caverna y había visto una plantita que crecía
allí. Era un arbustillo, casi un yuyito, con grandes hojas del tamaño de
una moneda de dos centavos. La abeja se arrimó a la plantita, teniendo cuidado de no tocarla, y
dijo así:
– Ahora me toca a mi, señora culebra. Me va a hacer el favor de darse
vuelta, y contar hasta tres. Cuando diga “tres”, búsqueme por todas
partes, ¡ya no estaré más!
Y así pasó, en efecto. La culebra dijo rápidamente:”uno…, dos…,
tres”, y se volvió y abrió la boca cuan grande era, de sorpresa: allí no
había nadie. Miró arriba, abajo, a todos lados, recorrió los rincones,
la plantita, tanteó todo con la lengua. Inútil: la abeja había
desaparecido.
La culebra comprendió entonces que si su prueba del trompito era muy
buena, la prueba de la abeja era simplemente extraordinaria. ¿Qué se
había hecho?, ¿dónde estaba? No había modo de hallarla.
– ¡Bueno!
– exclamó por fin –. Me doy por vencida. ¿Dónde estás?
Una voz que apenas se oía
– la voz de la abejita – salió del medio de
la cueva.
– ¿No me vas a hacer nada?
– dijo la voz –. ¿Puedo contar con tu
juramento?
– Sí – respondió la culebra –. Te lo juro. ¿Dónde estás?
– Aquí –respondió la abejita, apareciendo súbitamente de entre una
hoja cerrada de la plantita.
¿Qué había pasado? Una cosa muy sencilla: la plantita en cuestión era
una sensitiva, muy común también aquí en Buenos Aires, y que tiene la
particularidad de que sus hojas se cierran al menor contacto. Solamente
que esta aventura pasaba en Misiones, donde la vegetación es muy rica, y
por lo tanto muy grandes las hojas de las sensitivas. De aquí que al
contacto de la abeja, las hojas se cerraran, ocultando completamente al
insecto.
La inteligencia de la culebra no había alcanzado nunca a darse cuenta
de este fenómeno; pero la abeja lo había observado, y se aprovechaba de
él para salvar su vida. La culebra no dijo nada, pero quedó muy irritada con su derrota,
tanto que la abeja pasó toda la noche recordando a su enemiga la promesa
que había hecho de respetarla.
Fue una noche larga, interminable, que las dos pasaron arrimadas
contra la pared más alta de la caverna, porque la tormenta se había
desencadenado, y el agua entraba como un río adentro. Hacía mucho frío, además, y adentro reinaba la oscuridad más
completa. De cuando en cuando la culebra sentía impulsos de lanzarse
sobre la abeja, y ésta creía entonces llegado el término de su vida.
Nunca, jamás, creyó la abejita que una noche podría ser tan fría, tan
larga, tan horrible. Recordaba su vida anterior, durmiendo noche tras
noche en la colmena, bien calentita, y lloraba entonces en silencio.
Cuando llegó el día, y salió el sol, porque el tiempo se había
compuesto, la abejita voló y lloró otra vez en silencio ante la puerta
de la colmena hecha por el esfuerzo de la familia. Las abejas de guardia
la dejaron pasar sin decirle nada, porque comprendieron que la que
volvía no era la paseandera haragana, sino una abeja que había hecho en
sólo una noche un duro aprendizaje de la vida.
Así fue, en efecto. En adelante, ninguna como ella recogió tanto
polen ni fabricó tanta miel. Y cuando el otoño llegó, y llegó también el
término de sus días, tuvo aún tiempo de dar una última lección antes de
morir a las jóvenes abejas que la rodeaban:
– No es nuestra inteligencia, sino nuestro trabajo
quien nos hace tan fuertes. Yo usé una sola vez de mi inteligencia, y
fue para salvar mi vida. No habría necesitado de ese esfuerzo, sí
hubiera trabajado como todas. Me he cansado tanto volando de aquí para
allá, como trabajando. Lo que me faltaba era la noción del deber, que
adquirí aquella noche. Trabajen, compañeras, pensando que el fin a que
tienden nuestros esfuerzos – la felicidad de todos – es muy superior a
la fatiga de cada uno. A esto los hombres llaman ideal, y tienen razón.
No hay otra filosofía en la vida de un hombre y de una abeja. |