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Chocaba con los
árboles, se enredaba en la maleza, tropezaba y se volvía a enredar.
Al llegar a un sendero ancho y vacío que atravesaba la jungla, empezó a
correr por él. El suelo era llano y estaba limpio, y Berni avanzaba de
prisa por él. Corrió y corrió, y sólo cuando oyó un zumbido a lo lejos
se le ocurrió que tenía que ser el ruido de una caja zumbante. Y que
aquél era un sendero para humanos, al que él, nunca, nunca, hubiera
debido llegar. Berni perdió todo su valor. Se quedó parado, llorando
tristemente. La caja zumbante se acercaba más y más...
Entonces se oyó un crujido en la maleza. Las ramas se partían
y saltaban, y alguien salió de la jungla.
Una querida y conocida trompa le dio a Berni un par de tirones de
orejas, y una querida y conocida voz le dijo:
–¡Sigue corriendo, tontorrón!
Berni corrió.
Detrás oyó crujidos y chasquidos; cuando se dio la vuelta, vio que el
viejo arrancaba un árbol y lo atravesaba en el sendero de los humanos.
La caja zumbante chirrió y rechinó enfadada, porque no podía seguir su
camino. Berni ya no tenía miedo y empezó a bailar un baile de elefantes
en medio del sendero. Meneaba la trompa, meneaba el rabo y se abanicaba
con las orejas.
El viejo vino trotando enfadado. La cadena tintineaba y cencerreaba en
el suelo. –¡Y encima, bailando! –le regañó–.¡Vuelve corriendo a la
jungla, que es donde debes estar!
Empujó a Berni hacia los árboles y siguió regañándole: –¿Cómo
puedes ser tan insensato? ¡Asustarse y salir corriendo porque yo sea
grande y viejo y lleve un estúpido trozo de cadena en la pata!
–¿Estás enfadado conmigo?–le preguntó Berni.
–¡Muy enfadado! Yo seré un elefante viejo y malísimo pero tú eres un
bebé elefante muy tonto. ¡Tanto, que es imposible ser más tonto!
Berni agachó la trompa, y el rabo y las orejas.
–Ahora te llevaré a casa –le dijo el viejo–. A ti, desde luego, hay que
ponerte una tía elefanta delante de la trompa para que te vigile.
Acompañó a Berni hasta el árbol de los monos.
Hacía rato que los otros bebés elefantes habían vuelto del bebedero y
buscaban al desaparecido Berni.
–¡Yúuuju! –llamó–. ¡Aquí estoooy!
Todos salieron disparados hacia él. Pero cuando vieron al viejo,
salieron disparados para atrás.
–¡Eh, quedaos! –chilló Berni–. ¡Quiere mucho a los niños! Y si no
fuerais tontos, tan tontos que es imposible serlo más, también sería
vuestro amigo.
Los elefantitos se asomaban entre los árboles y entre las tías, y no
sabían si fiarse o no.
–Por favor, no te enfades –dijo Berni al viejo sin mirarlo– Es que no te
conocen. Pero cuando sepan cómo eres de verdad...
Berni no obtuvo respuesta. Cuando se dio la vuelta, el viejo había
desaparecido.
¿Ya se acabó? –pregunta Berni a su madre. –Ya –dice ella–. ¿O quieres
que siga?
Berni siempre quiere que siga. Si por él fuera, los cuentos no
terminarían nunca.
–¿Y el elefantito vio al viejo elefante alguna otra vez?
–Seguro que sí –dice la madre–. Bueno, ahora tengo que ir a la frutería.
¿Vienes?
Berni decide acompañarla.
–Pero la canción de corro –dice–, seguro que la han cambiado los
elefantitos. Porque ya no vale.
En la frutería hay mucha gente. Berni y su madre tienen que esperar
hasta que les toque su turno.
–¡Ya sé cómo empieza la nueva canción! –dice la madre–.
«¿No conocéis al viejo y querido elefante?...».
–¡Sí! –grita Berni–.Empieza exactamente así:
«¿No conocéis al viejo y querido elefante? Del hoyo me pescó...».
Berni no sabe seguir. Su madre le ayuda:
–«Y las sucias hierbas me quitó».
–Sí –dice Berni–. Eso hizo. Es muy bueno. Y, como veis, es muy
distinto de como pensáis.
–¡Sí que lo es! –dice la madre.
Después le pregunta al frutero que a cuánto están las mandarinas. Berni
respira hondo y recita la nueva canción de corro, desde el principio
hasta el final, y no se atasca ni una sola vez. El frutero pesa las
mandarinas y hace un guiño a la madre:
–Berni sabe unos versos muy bonitos. Pero... ¿por qué habla precisamente
de elefantes?
¿No conocéis al viejo y querido elefante?
Del hoyo me pescó y las sucias hierbas me quitó.
Es muy bueno. Y, como veis,
es muy distinto de como pensáis. |