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... pensando que aquel hombre quería tomarles el pelo, pero la
mayoría se apretujó a su alrededor, ansiosa por escuchar sus palabras:
–Esa estrella está enferma, por eso es de color verde... ¡Sí, sí, no me miren
con esa cara! Y si quieren jugar, pasarlo bien y vivir como antes, tendrán que
curarla.
–¡Una estrella enferma! ¿Y cómo la podemos curar?
–Escuchen atentamente porque no hay tiempo que perder. Tienen que conseguir
una botella verde y mañana al amanecer, cuando salga el sol, deben abrirla y
dejar que dos rayos de sol entren en ella. Ciérrenla bien. Durante el día,
manténganla en el río, en un lugar donde no pueda llevársela la corriente...
Dentro de la botella los dos rayos de sol irán agrandándose y fortaleciéndose.
Y a la noche, cuando aparezca la estrella verde, suban a una montaña y desde
allí apunten la botella hacia la estrella enferma... Quítenle el tapón y
proyecten los dos rayos solares hacia la estrella verde... ¿Entendieron?
–¿Eso es todo?
–¿Así se curan las estrellas verdes? -¿Al día siguiente podremos volver a
jugar?
Los niños empezaron a acosarlo con preguntas, pero el forastero los
interrumpió enseguida:
–¡Bueno, bueno... no he terminado todavía! Ya saben que las estrellas están
muy lejos y no les puedo decir cuánto tiempo van a necesitar esos dos rayos de
sol para llegar a la estrella verde...
Así que, después de hacer lo que les he dicho, falta lo más difícil: ¡ESPERAR!
No me pregunten cuánto tiempo, porque no lo sé... –los niños parecían un poco
desilusionados–. Por eso les aconsejo hacer bien lo que he dicho y esperar
pacientemente.
El forastero se levantó del suelo, sacudió sus viejos pantalones...
–Bueno, tengo que marcharme ya, el camino me espera... –sonreía feliz–. ¡No se
preocupen, todo se arreglará!
Tomó del suelo su mochila y se la colgó al hombro.
–¡A ver si cuando regrese a este pueblo, los encuentro felices y contentos!
¡Adiós!
–¡Adiós! –los niños estaban algo desconcertados.
Él se volvió varias veces para saludarlos con la mano y se fue alejando
lentamente sin mirar hacia atrás.
–¿Será verdad todo lo que ha dicho? –preguntó a los demás un niño con aspecto
de despertarse de un sueño...
–Podemos probar. No tenemos otra salida –decidió el que parecía el mayor de
todos.
Los niños durmieron poco aquella noche. Y ya antes del amanecer se reunieron
todos en la plaza. No les fue difícil encontrar una botella verde, ni guardar
en ella los dos primeros rayos del sol. Durante el día mantuvieron guardada la
botella en el río y a la noche, quitándole el tapón, enviaron su contenido a
la estrella verde.
Y empezaron a esperar. Se fueron enfriando los días, las golondrinas huyeron,
los senderos se cubrieron de hojas cobrizas y las puertas de la escuela
volvieron a abrirse para los niños. Éstos, a pesar del tiempo transcurrido,
seguían malhumorados y apáticos, sin ganas de jugar. Mirándolos, la gente del
lugar se entristecía, así que aquel pueblo fue convirtiéndose en un pueblo
triste, el más triste del mundo.
Bueno, no todos sufrían por aquella desgracia que aquejaba a los niños... El
maestro, por ejemplo, vivía mucho más feliz que antes. Los niños ya no lo
hacían rabiar, ni golpear furiosamente la mesa queriendo imponer un poco de
silencio... Era viejo y estaba cansado, así que la calma y la apatía de los
niños le venían a las mil maravillas.
–Maestro, ¿cuánto tiempo pueden tardar dos rayos de luz en llegar a una
estrella? –preguntaron una vez los niños.
El maestro se extrañó de aquel repentino interés y se puso en guardia.
–Pero, ¿qué me están preguntando? ¡A qué distancia están! Vamos a ver, ¿es que
todavía creen en lo que les dijo el vagabundo? ¡Qué inocentes! Aquello fue una
broma, ¡quién puede tragarse esa historia! ¡Sólo me faltaba escuchar estas
tonterías! ¡Vamos, vamos..., sigan estudiando!
Pero de noche, cuando nadie lo veía, el viejo maestro se quedaba mirando al
firmamento, temeroso de que la fórmula del forastero surtiera efecto... Como
para tranquilizarlo, la estrella enferma aparecía en el cielo más verde y
brillante que nunca.
–¿Tan lejos está esa maldita estrella o es que aquel forastero nos engañó a
todos? –se preguntaban los niños, crispados.
Cuando los árboles quedaron totalmente desnudos, el frío aire del invierno
obligó a los niños a quedarse junto al fuego. Se olvidaron del forastero y
también de que algún día tuvieron un poco de esperanza. Los patines y las
bicicletas se oxidaron, se desinflaron las pelotas, se perdieron las figuritas
y las bolitas, las muñecas se cubrieron de polvo y todos los demás juguetes
fueron quedando arrinconados en ese pueblo desdichado.
Pero una tarde, pasó algo realmente extraordinario:
–¡Eh, miren cómo se está poniendo el cielo! –exclamó alguien en la escuela.
Todos los niños se acercaron a las ventanas.
–¿Pero qué es lo que pasa ahora? ¡Vuelvan a sus bancos! ¡Siéntense ahora
mismo!
Pero el pobre maestro fue el primero en quedarse maravillado al ver los
inusitados colores con que se estaba cubriendo el cielo: nubes de un color muy
vivo, medio grises, medio verdes... de tonos brillantes y fulgurantes. ¿Qué
era aquello? El maestro no había visto cosa igual en su vida... Enseguida
empezó a nevar. Una nieve fina y verde.
–¡Nieve verde! ¡Nieve verde! –el maestro palideció de miedo.
En unos instantes todo el pueblo quedó verde. Verdes sus tejados y chimeneas,
verdes las ramas de los árboles y la torre de la iglesia. Las cabras del
monte, la leña partida, los carros y hasta la ropa tendida quedaron verdes y
relucientes...
Los niños, locos de alegría, se tiraban bolas de nieve verde, gritaban, se
revolcaban, corrían de un lado para otro.
–¡Eh, nuestros niños están jugando de nuevo! ¡La estrella verde se ha curado!
–gritó alguien, entusiasmado.
La gente salió de sus casas, se abrazaban y lloraban de alegría viendo a los
niños reír, gritar, correr, jugar, jugar, jugar...
Fue una noche inolvidable. Se organizó una fiesta impresionante, con música,
bailes y juegos en medio de la verde nieve. Sólo el maestro, refugiado en su
escuela, parecía desolado.
«¡Nieve verde! –se decía–. Los niños tenían razón..., aquel forastero tenía
razón... Ahora la estrella se ha curado, ¡ay, ay!... Todo volverá a ser como
antes.»
Al día siguiente, un pálido sol fue derritiendo la nieve. Todos miraban con
tristeza deshacerse ante sus ojos aquella maravilla que había devuelto la
alegría y la esperanza al pueblo. La nieve desapareció pero no así la alegría
de los niños, que duró siempre, unas veces mayor otras menor, como suele ser
normal, y como pasa en los pueblos que no han visto jamás una estrella verde. |