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Este es
el padrenuestro de los venados chicos. Cuando la gamita lo hubo
aprendido bien, su madre la dejó andar sola.
Una
tarde, sin embargo, mientras la gamita recorría el monte comiendo las
hojitas tiernas, vio de pronto ante ella, en el hueco de un árbol que
estaba podrido, muchas bolitas juntas que colgaban. Tenían un color
oscuro, como el de las pizarras.
¿Qué
sería? Ella tenía también un poco de miedo, pero como era muy traviesa,
dio un cabezazo a aquellas cosas, y disparó.
Vio
entonces que las bolitas se habían rajado, y que caían gotas. Habían
salido también muchas mosquitas rubias de cintura muy fina, que
caminaban apuradas por encima.
La gama
se acercó, y las mosquitas no la picaron. Despacito, entonces, muy
despacito, probó una gota con la punta de la lengua, y se relamió con
gran placer: aquellas gotas eran miel, y miel riquísima porque las bolas
de color pizarra eran una colmena de abejitas que no picaban porque no
tenían aguijón. Hay abejas así.
En dos
minutos la gamita se tomó toda la miel, y loca de contenta fue a
contarle a su mamá. Pero la mamá la reprendió seriamente. —Ten mucho
cuidado, mi hija —le dijo—, con los nidos de abejas. La miel es una cosa
muy rica, pero es muy peligroso ir a sacarla. Nunca te metas con los
nidos que veas.
La
gamita gritó contenta: —¡Pero no pican, mamá! Los tábanos y las uras sí
pican; las abejas, no.
—Estás
equivocada, mi hija —continuó la madre—. Hoy has tenido suerte, nada
más. Hay abejas y avispas muy malas. Cuidado, mi hija, porque me vas a
dar un gran disgusto.
—¡Sí,
mamá! ¡Sí, mamá! —respondió la gamita. Pero lo primero que hizo a la
mañana siguiente, fue seguir los senderos que habían abierto los hombres
en el monte, para ver con más facilidad los nidos de abejas.
Hasta
que al fin halló uno. Esta vez el nido tenía abejas oscuras, con una
fajita amarilla en la cintura, que caminaban por encima del nido. El
nido también era distinto; pero la gamita pensó que, puesto que estas
abejas eran más grandes, la miel debía ser más rica.
Se
acordó asimismo de la recomendación de su mamá; mas, creyó que su mamá
exageraba, como exageraban siempre las madres de las gamitas. Entonces
le dio un gran cabezazo al nido.
¡Ojalá
nunca lo hubiera hecho! Salieron en seguida cientos de avispas, miles de
avispas que le picaron en todo el cuerpo, le llenaron todo el cuerpo de
picaduras, en la cabeza, en la barriga, en la cola; y lo que es mucho
peor, en los mismos ojos. La picaron más de diez en los ojos.
La
gamita, loca de dolor corrió y corrió gritando, hasta que de repente
tuvo que pararse porque no veía más: estaba ciega, ciega del todo.
Los ojos
se le habían hinchado enormemente, y no veía más. Se quedó quieta
entonces, temblando de dolor y de miedo, y sólo podía llorar
desesperadamente.
—¡Mamá!... ¡Mamá!...
Su
madre, que había salido a buscarla, porque tardaba mucho, la halló al
fin, y se desesperó también con su gamita que estaba ciega. La llevó
paso a paso hasta su cubil con la cabeza de su hija recostada en su
pescuezo, y los bichos del monte que encontraban en el camino, se
acercaban todos a mirar los ojos de la infeliz gamita.
La madre
no sabía qué hacer. ¿Qué remedios podía hacerle ella? Ella sabía bien
que en el pueblo que estaba del otro lado del monte vivía un hombre que
tenía remedios. El hombre era cazador, y cazaba también venados, pero
era un hombre bueno.
La madre
tenía miedo, sin embargo, de llevar a su hija a un hombre que cazaba
gamas. Como estaba desesperada se decidió a hacerlo. Pero antes quiso ir
a pedir una carta de recomendación al oso hormiguero, que era gran amigo
del hombre.
Salió,
pues, después de dejar a la gamita bien oculta, y atravesó corriendo el
monte, donde el tigre casi la alcanza. Cuando llegó a la guarida de su
amigo, no podía dar un paso más de cansancio.
Este
amigo era, como se ha dicho, un oso hormiguero; pero era de una especie
pequeña, cuyos individuos tienen un color amarillo, y por encima del
color amarillo una especie de camiseta negra sujeta por dos cintas que
pasan por encima de los hombros. Tienen también la cola prensil porque
viven siempre en los árboles, y se cuelgan de la cola. |