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La pobre
madre, pues, llegó hasta el cubil del oso hormiguero.
—¡Tan!,
¡tan!, ¡tan! —llamó jadeante.
—¿Quién
es? —respondió el oso hormiguero.
—¡Soy
yo, la gama!
—¡Ah,
bueno! ¿Qué quiere la gama?
—Vengo a
pedirle una tarjeta de recomendación para el cazador. La gamita, mi
hija, está ciega.
—¿Ah, la
gamita? —le respondió el oso hormiguero—. Es una buena persona. Si es
por ella, sí le doy lo que quiere. Pero no necesita nada escrito...
Muéstrele esto, y la atenderá.
Y con el
extremo de la cola, el oso hormiguero le extendió a la gama una cabeza
seca de víbora, completamente seca, que tenía aún los colmillos
venenosos.
—Muéstrele esto —dijo aún el comedor de hormigas—. No se precisa más.
—¡Gracias, oso hormiguero! —respondió contenta la gama—. Usted también
es una buena persona.
Y salió
corriendo, porque era muy tarde y pronto iba a amanecer.
AI pasar
por su cubil recogió a su hija, que se quejaba siempre, y juntas
llegaron por fin al pueblo, donde tuvieron que caminar muy despacito y
arrimarse a las paredes, para que los perros no las sintieran. Ya
estaban ante la puerta del cazador.
—¡Tan!,
¡tan!, ¡tan! —golpearon.
—¿Qué
hay? —respondió una voz de hombre, desde adentro. —¡Somos las gamas!...
¡TENEMOS LA CABEZA DE VÍBORA!
La madre
se apuró a decir esto, para que el hombre supiera bien que ellas eran
amigas del oso hormiguero.
—¡Ah,
ah! —dijo el hombre, abriendo la puerta—. ¿Qué pasa?
—Venimos
para que cure a mi hija, la gamita, que está ciega.
Y contó
al cazador toda la historia de las abejas.
—¡Hum!... Vamos a ver qué tiene esta señorita —dijo el cazador. Y
volviendo a entrar en la casa, salió de nuevo con una sillita alta, e
hizo sentar en ella a la gamita para poderle ver bien los ojos sin
agacharse mucho. Le examinó así los ojos, bien de cerca con un vidrio
redondo muy grande, mientras la mamá alumbraba con el farol de viento
colgado de su cuello.
—Esto no
es gran cosa —dijo por fin el cazador, ayudando a bajar a la gamita—.
Pero hay que tener mucha paciencia. Póngale esta pomada en los ojos
todas las noches, y téngale veinte días en la oscuridad. Después póngale
estos lentes amarillos, y se curará.
—¡Muchas
gracias, cazador! —respondió la madre, muy contenta y agradecida—.
¿Cuánto le debo?
—No es
nada —respondió sonriendo el cazador—. Pero tenga mucho cuidado con los
perros, porque en la otra cuadra vive precisamente un hombre que tiene
perros para seguir el rastro de los venados.
Las
gamas tuvieron gran miedo; apenas pisaban, y se detenían a cada momento.
Y con todo, los perros las olfatearon y las corrieron media legua dentro
del monte. Corrían por una picada muy ancha, y delante la gamita iba
balando.
Tal como
lo dijo el cazador se efectuó la curación. Pero sólo la gama supo cuánto
le costó tener encerrada a la gamita en el hueco de un gran árbol,
durante veinte días interminables. Adentro no se veía nada. Por fin una
mañana la madre apartó con la cabeza el gran montón de ramas que había
arrimado al hueco del árbol para que no entrara luz, y la gamita, con
sus lentes amarillos, salió corriendo y gritando:
—¡Veo,
mamá! ¡Ya veo todo!
Y la
gama, recostando la cabeza en una rama, lloraba también de alegría, al
ver curada su gamita.
Y se
curó del todo. Pero aunque curada, y sana y contenta, la gamita tenía un
secreto que la entristecía. Y el secreto era éste: ella quería a toda
costa pagarle al hombre que tan bueno había sido con ella y no sabia
cómo.
Hasta
que un día creyó haber encontrado el medio. Se puso a recorrer la orilla
de las lagunas y bañados buscando plumas de garza para llevarle al
cazador. El cazador, por su parte, se acordaba a veces de aquella gamita
ciega que él había curado.
Y una
noche de lluvia estaba el hombre leyendo en su cuarto, muy contento
porque acababa de componer el techo de paja, que ahora no se llovía más;
estaba leyendo cuando oyó que llamaban. Abrió la puerta, y vio a la
gamita que le traía un atadito, un plumerito todo mojado de plumas de
garza.
El
cazador se puso a reír, y la gamita, avergonzada porque creía que el
cazador se reía de su pobre regalo, se fue muy triste. Buscó entonces
plumas muy grandes, bien secas y limpias, y una semana después volvió
con ellas; y esta vez el hombre, que se había reído la vez anterior de
cariño, no se rió esta vez porque la gamita no comprendía la risa. Pero
en cambio le regaló un tubo de tacuara lleno de miel, que la gamita tomó
loca de contento.
Desde
entonces la gamita y el cazador fueron grandes amigos. Ella se empeñaba
siempre en llevarle plumas de garza que valen mucho dinero, y se quedaba
las horas charlando con el hombre. Él ponía siempre en la mesa un jarro
enlozado lleno de miel, y arrimaba la sillita alta para su amiga. A
veces le daba también cigarros que las gamas comen con gran gusto, y no
les hacen mal. Pasaban así el tiempo, mirando la llama, porque el hombre
tenía una estufa de leña mientras afuera el viento y la lluvia sacudían
el alero de paja del rancho.
Por temor a los perros, la gamita no iba sino en las
noches de tormenta. Y cuando caía la tarde y empezaba a llover, el
cazador colocaba en la mesa el jarrito con miel y la servilleta,
mientras él tomaba café y leía, esperando en la puerta el ¡tan-tan! bien
conocido de su amiga la gamita.. |