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¡Pobre, Pedrito! Nunca más lo verían porque había
muerto.
Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en
su cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza de
verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y subía en seguida.
De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, iba a mirarse en el espejo
de la cocinera, siempre muy triste porque las plumas tardaban mucho en
crecer.
Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia
sentada a la mesa a la hora del té vio entrar a Pedrito muy tranquilo,
balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos se querían morir, morir
de gusto cuando lo vieron bien vivo y con lindísimas plumas.
–¡Pedrito, lorito! –le decían–. ¡Qué te pasó,
Pedrito! ¡Qué plumas brillantes que tiene el lorito!
Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy
serio, no decía tampoco una palabra. No hacia sino comer pan mojado en
té con leche. Pero lo que es hablar, ni una sola palabra.
Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando
a la mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro,
charlando como un loco. En dos minutos le contó lo que le había pasado;
un paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre, y lo demás; y concluía
cada cuento, cantando:
–¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma!
¡Ni una pluma!
Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.
El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento
a comprar una piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó muy
contento de poderla tener gratis. Y volviendo a entrar en la casa para
tomar la escopeta, emprendió junto con Pedrito el viaje al Paraguay.
Convinieron en que cuando Pedrito viera al tigre, lo distraería
charlando, para que el hombre pudiera acercarse despacito con la
escopeta.
Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol,
charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados, para ver si
veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de ramas partidas, y vio de
repente debajo del árbol dos luces verdes fijas en él: eran los ojos del
tigre.
Entonces el loro se puso a gritar:
–¡Lindo día!... ¡Rica, papa!... ¡Rico té con
leche!... ¿Querés té con leche?...
El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado
que él creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas, juró
que esta vez no se le escaparía, y de sus ojos brotaron dos rayos de ira
cuando respondió con su voz ronca:
–Acer–cá–te más! ¡Soy sor–do!
El loro voló a otra rama más próxima, siempre
charlando:
–¡Rico, pan con leche!... ¡ESTÁ AL PIE DE ESTE
ÁRBOL!...
Al oír estas últimas palabras, el tigre lanzó un
rugido y se levantó de un salto.
–¿Con quién estás hablando? –rugió–. ¿A quién le has
dicho que estoy al pie de este árbol?
–¡A nadie, a nadie! –gritó el loro–. ¡Buen día,
Pedrito!... ¡La pata, lorito!...
Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y
acercándose. Pero él había dicho: está al pie de este árbol, para
avisarle al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con escopeta al
hombro.
Y Llegó un momento en que el loro no pudo acercarse
más, porque si no, caía en la boca del tigre, y entonces gritó:
–¡Rica, papa!... ¡ATENCIÓN!
–¡Más cer–ca aún!–rugió el tigre, agachándose para
saltar.
–¡Rico, té con leche!... ¡CUIDADO, VA A SALTAR! y el
tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro evitó
lanzándose al mismo tiempo como una flecha en el aire. Pero también en
ese mismo instante el hombre, que tenia el cañón de la escopeta
recostado contra un tronco para hacer bien la puntería, apretó el
gatillo, y nueve balines del tamaño de un garbanzo cada uno entraron
como un rayo en el corazón del tigre, que lanzando un rugido que hizo
temblar el monte entero, cayó muerto.
Pero el loro, ¡qué gritos de alegría daba! ¡Estaba
loco de contento, porque se había vengado –¡y bien vengado!– del feísimo
animal que le había sacado las plumas!
El hombre estaba también muy contento, porque matar a
un tigre es cosa difícil, y, además, tenía la piel para la estufa del
comedor.
Cuando llegaron a la casa, todos supieron por qué
Pedrito había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol, y todos
lo felicitaron por la hazaña que había hecho.
Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no
se olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las tardes,
cuando entraba en el comedor para tomar el té se acercaba siempre a la
piel del tigre, tendida delante de la estufa, y lo invitaba a tomar té
con leche.
–¡Rica, papa!... –le decía–. ¿Querés té con leche?...
¡La papa para el tigre!...
Y todos se morían de risa. Y Pedrito también. |