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EL PEQUEÑO PLANETA PERDIDO |
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Ziraldo (Escritor Brasilero) |
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Cierta vez enviaron a un
hombre al Espacio en dirección a un planeta perdido. |
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Era un planeta tan distante pero tan distante
que el combustible se terminó cuando el cohete por fin llegó a su
destino. Y era un planeta pequeño ubicado en medio del espacio no
se sabe en qué galaxia ni en qué constelación.
El astronauta caminó por todo el planeta y dio la vuelta al mundo
en menos de ochenta pasos (es que el planeta no tenía ni río, ni
mar ni montañas). Y viéndose tan solo el astronauta gritó:
"¡Socorro!"
Y nadie sabe por qué nebulosa razón su voz recorrió de vuelta el
camino de la astronave. Y en toda la Tierra de punta a punta se lo
oyó gritar: “¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¿Quién soy?”
Fue un susto general sin ninguna explicación: aquí, tan lejos, en
la Tierra todo el mundo escuchaba lo que él decía solito allá en
el espacio como si hubiera un potente servicio de altoparlantes
(de parque de diversiones) con el micrófono instalado en el
planeta del astronauta. Si él se ponía a llorar toda la Tierra lo
oía (un fenómeno de frecuencia o, tal vez, de sintonía).
Y los científicos de la Tierra también se sintieron perdidos,
todos estaban reunidos para hallar una solución: "¿Qué podemos
hacer?". Traer al astronauta de vuelta no se podía, pero dejarlo
morir de hambre tampoco quedaba bien.
Como las computadoras sabían – de memoria – la ruta de la
astronave perdida, los científicos le mandaron de regalo al
astronauta un cohete con mucha comida para el hambre de cada día.
Y todos aquí en la Tierra pudieron dormir de nuevo con el silencio
de la noche. Sólo muy rara vez se despertaban un ratito con los
ruidos que, desde el espacio, llegaban de vez en cuando. Pero
volvían a dormirse tranquilos y contentos cuando inmediatamente
oían la voz del astronauta que decía en un tono muy delicado:
"¡Disculpen!" (porque era muy educado).
"¡Mándenle música!” habló con voz salvadora el dueño de una
grabadora. “Manden discos, video-clips, cintas, cassetttes,
canciones, manden radios, tocadiscos, grabadores, televisores.”
“Pero envíenle también un par de auriculares”, agregó enseguida un
previsor. “¡Por si no nos llega a gustar su programación!"
Y mandaron un cohete colosal cargado de canciones (todas las
canciones del mundo) con auriculares exclusivos adaptables al oído
del solitario astronauta. Y una vez más se hizo un silencio total.
Y todos pudieron continuar sin correr grandes peligros (oyendo
sólo lo que querían los fabricantes de discos).
Un largo tiempo pasó hasta que un día, otra vez toda la Tierra se
despertó al oír, desde muy lejos, cantada con voz nostálgica y sin
acompañamiento una canción muy linda, tan linda que parecía tener
todas las canciones del mundo en sus suaves acordes. Y la canción
decía así: |
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Tan
solo, tan solo
sin nadie...
El que parte
lleva el recuerdo
de alguien.
Y el recuerdo es cruel
cuando existe amor.
Siento un dolor en mi pecho
y evitarlo es imposible. |
No puedo
más.
Nadie tiene pena
de mi dolor.
Llorar, como yo lloré
nadie debe llorar.
¡Rosa, oh Rosa!
¿Cómo estás, Morena Rosa?
Con esa rosa en el cabello
y ese andar orgulloso.
¡Ay, qué nostalgia siento! |
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Todo el mundo quedó muy conmovido sin saber ya qué
hacer para salvar al astronauta que se estaba muriendo de soledad y
nostalgia. Entonces los científicos de la Oficina Espacial recibieron la
visita de Rosa: "iYo soy la novia del astronauta!". Los ojitos
preocupados del jefe de los científicos comenzaron a brillar y enseguida
preguntó: "¿Usted sabe volar?"
Rosa, entonces, fue lanzada en un cohete color de rosa, muy bonita y
arreglada, una astronauta tan linda como en el Espacio entero no se
había visto todavía. Y mientras el cohete subía el jefe de los
científicos le dijo a su asistente: "¿Cómo es que nuestras mentes no
habían pensado en esto?" Y todo el mundo en la Tierra se puso a mirar el
Espacio viendo al cohete subir con Rosa y el amor de Rosa. Esperando la
llegada para oír lo que diría el astronauta al ver a su Rosa llegar así,
de sorpresa.
Y entonces, la noche prevista, la Tierra entera despertó agitada y
ansiosa oyendo al astronauta gritar el nombre de Rosa. “¡ROSA!”.
Hasta ese momento (vamos a decir: para siempre) nunca más se oyó al
astronauta llorar, o gritar, o implorar, o vociferar, reclamar o
maldecir. En el espacio hay, ahora, sólo estrellas y silencio. Pues como
informó el personal de la Oficina Espacial: ”La sintonía o frecuencia
del planeta perdido no permite oír susurros”. |
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