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– Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y
voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios
para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.
Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:
– Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay
remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.
Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como
piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y
lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo
muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el
mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar
al cazador, y emprendió entonces el viaje.
La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de
noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua
de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada,
siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez
horas de caminar, se detenía, deshacía los nudos, y acostaba al
hombre con mucho cuidado, en un lugar donde hubiera pasto bien
seco.
Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al
hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada
que prefería dormir. A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el
cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed.
Gritaba: ¡agua!, ¡agua!, a cada rato. Y cada vez la tortuga
tenía que darle de beber.
Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban
más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se
iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se
quejaba. A veces se quedaba tendida, completamente sin fuerzas,
y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz
alta:
– Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos
Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo, en el monte.
Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba
cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de
nuevo el camino.
Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no
pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía
más. No había comido desde hacía una semana para llegar más
pronto. No tenía más fuerza para nada.
Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el
horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo, y no supo qué
era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos
para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no
había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella.
Y sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía.
Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad,
e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje.
Pero un ratón de la ciudad
– posiblemente el ratoncito Pérez –
encontró a los dos viajeros moribundos.
– ¡Qué tortuga! –dijo el ratón–. Nunca he visto una tortuga
tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña?
– No – le respondió con tristeza la tortuga –. Es un hombre.
– ¿Y adónde vas con ese hombre? – añadió el curioso ratón.
– Voy… voy… Quería ir a Buenos Aires – respondió la pobre
tortuga en una voz tan baja que apenas se oía –. Pero vamos a
morir aquí, porque nunca llegaré…
– ¡Ah, zonza, zonza! – dijo riendo el ratoncito –. ¡Nunca vi
una tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa
luz que ves allá, es Buenos Aires.
Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa,
porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la
marcha.
Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín
Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca,
que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que
no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director
reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a buscar
remedios, con los que el cazador se curó enseguida.
Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo
había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara
remedios, no quiso separarse más de ella. Y como él no podía
tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico
se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si
fuera su propia hija.
Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le
tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que
vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas
de los monos.
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