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Oso no colaboraba y Castor, que se había dado cuenta
de lo que estaba pasando y de que Oso quería boicotear su actuación,
estuvo muy arisco.
Por si fuera poco, el vestuario también había sido fuente de
conflictos entre las chicas. La Sra. Pata consideraba que el vestido de
la Sra. Lince era más llamativo y que debían haberlo echado a suertes.
–No entiendo por qué el traje del lirio tiene que ser más bonito que
el del girasol. ¿Quién ha elegido el vestuario? No estoy de acuerdo
–chillaba Pata.
La tensión en el escenario se podía cortar y desastre no se hizo
esperar. Así, durante el ensayo de la escena final, que reunía a todos
los actores en el escenario para interpretar el número final, comenzaron
a empujarse unos a otros con tal brío que parte del decorado se rompió y
el árbol se vino abajo.
–Orden, orden, pero bueno ¿qué pasa? –preguntó Conejo encolerizado.
Habéis echado a perder el trabajo de varios días y de todos los que han
colaborado en la puesta en escena. Quedan sólo dos días para Nochebuena,
pero si tuviéramos más tiempo os echaría a todos de la obra. Se acabó el
ensayo por hoy. Fuera todos de mi vista.
Conejo estaba rabioso, no entendía nada. Pero ¿cómo podían pelearse
por una cosa así? Era Navidad, había que estar alegre y demostrar que
eran amigos.
Al día siguiente los habitantes se despertaron siendo testigos de un
acontecimiento terrible: la nieve había desaparecido y las estrellas de
luz se habían apagado. ¿Cómo era posible? Asustados, los animales se
congregaron alrededor del Gran Árbol, en busca del sabio consejo del Sr.
Búho.
–Queridos habitantes del bosque, el espíritu de la Navidad se ha ido
–sentenció Búho.
–¿Y cómo podemos hacer que vuelva? –preguntó asustada la Sra.
Ardilla.
–Oh, no, nos vamos a quedar sin Navidad –sollozó un lobezno.
–Hoy es un día muy triste para nuestro bosque. La envidia ha desatado
unas reacciones negativas en cadena. La nieve se ha derretido, las
estrellas han dejado de lucir y la obra de teatro peligra –advirtió
Búho.
Oso estaba escuchando tras un arbusto y tenía miedo a salir porque sabía
que era el desencadenante de la situación, pero había que ser valiente y
afrontar las consecuencias de los propios actos, así que se decidió a
salir, aunque tímidamente.
–Eh, amigo, lo siento mucho. Estoy arrepentido de mi comportamiento.
Si hay algún culpable, ése soy yo. Me cegó la envidia. ¿Qué puedo hacer
para enmendar mi error?
–No, no tienes por qué cargar con las culpas tú sólo, yo también he
contribuido con mi mala conducta. Si sirve de algo yo también lo siento.
No quería que pasara esto –se lamentó Castor.
La Sra. Lince se acercó a la Sra. Pata, que estaba con sus patitos
muy cerca de ella, y le dijo:
–Si te hace ilusión, te cambio el vestido, me importa más tu amistad
que un trozo de tela. Somos amigas y nuestros pequeños juegan juntos
–exclamó la Sra. Lince dándole un abrazo a la Sra. Pata.
–¡Mirad, está nevando! –gritó con entusiasmo una voz.
–Sí y parece que en el cielo brillan de nuevo las estrellas. El
espíritu de la Navidad ha vuelto –se oyó.
Ese año, la Navidad se vivió con mucha más intensidad en el bosque,
al fin y al cabo estuvieron a punto de perderla para siempre. Pero
habían aprendido la lección y ahora sabían que la envidia cegaba y tenía
unos efectos muy negativos que no se podían controlar.
Los animales habían ahuyentado la Navidad con su conducta, aunque en
ellos mismos residía también el poder de resucitar su alma. Así que para
que no se les olvidara nunca aquel susto y a partir de ahora prestaran
atención a sus comportamientos con los demás, construyeron un gran
cartel de madera que colgaron de una de las ramas del Gran Árbol, en el
que se podía leer la siguiente inscripción:
«El tesoro más valioso que posees es la amistad, cuídalo todos los
días y crecerá».
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